Cuando lo dicen ellos: Malvinas, The Guardian y la memoria que Londres prefiere olvidar
Todo empezó con una bandera. Después de que la Selección eliminara a Inglaterra en la semifinal del Mundial, nuestros jugadores desplegaron en el campo de juego una tela con una sola frase: "Las Malvinas son argentinas". Quiero decirlo de entrada y sin vueltas: estoy de acuerdo con esa actitud. Malvinas no es patrimonio de un gobierno, de un partido político ni de una fecha del calendario. Es de todos los argentinos, y cada uno tiene el deber de reivindicar el reclamo desde el lugar que le toca: el jugador desde la cancha, el diplomático desde la ONU, el docente desde el aula, el abogado desde el derecho, el vecino desde su mesa. Ninguno reemplaza al otro. Todos suman.
Y conviene decirlo con claridad: lo que se hizo visible en el estadio no fue una provocación, fue un reclamo. La reacción británica —el pedido del primer ministro Keir Starmer de que la FIFA investigue a nuestros jugadores— terminó internacionalizando la causa mucho más que la bandera misma. Cuando una potencia se incomoda tanto por una tela desplegada durante unos segundos, algo dice sobre la solidez de su propia posición. Malvinas no es una anécdota deportiva ni un acto de indisciplina: es una cuestión de Estado que ganó visibilidad.
La mejor prueba llegó al día siguiente. The Guardian —uno de los diarios más influyentes del Reino Unido— publicó una columna de opinión de Simon Jenkins cuyo título habla por sí solo: "Las Malvinas argentinas: las Falklands no pueden seguir siendo británicas para siempre". Que esa frase aparezca en la prensa de Londres, escrita por un columnista británico para lectores británicos, no es un detalle menor. Es la señal de que algo se está moviendo.
Y lo más valioso de esa columna no es el título. Es la memoria que recupera, esa que en Londres prefieren olvidar y que a nosotros nos conviene recordar con precisión de escribano:
Antes de 1982, el propio Reino Unido estaba negociando la transferencia de soberanía. No lo digo yo: lo escribe un columnista inglés en un diario inglés. El acuerdo de comunicaciones de 1971 permitía a los isleños comerciar y viajar al continente, atenderse en nuestros hospitales, estudiar con becas en nuestras escuelas. Cientos de argentinos visitaban Puerto Argentino como turistas. A fines de los 70, el ministro laborista Ted Rowlands discutió con los isleños un esquema de "leaseback": soberanía argentina con administración británica. Y la propia Margaret Thatcher autorizó a su ministro Nicholas Ridley a continuar esa negociación. La soberanía compartida no es una fantasía argentina: es política británica documentada, que la guerra congeló.
Jenkins agrega datos que incomodan en Londres: sostener las islas cuesta al contribuyente británico más de 60 millones de libras anuales en defensa. Y desliza una observación demoledora sobre por qué el Reino Unido defendió a estos isleños con un fervor que jamás tuvo con los habitantes de Hong Kong o del archipiélago de Chagos, a quienes abandonó sin culpa.
El contexto internacional acompaña. El 25 de junio, el Comité Especial de Descolonización de las Naciones Unidas aprobó por consenso —con el copatrocinio de todos los países latinoamericanos que lo integran— una nueva resolución instando al Reino Unido a reanudar las negociaciones con la Argentina. Seamos precisos, porque nuestro reclamo es tan sólido que no necesita adornos: la ONU viene diciendo esto desde la histórica Resolución 2065 de 1965, bajo la cual ambos países negociaron durante dieciséis años. Lo significativo de hoy es la contundencia del consenso, el respaldo regional unánime y que hasta en el propio Reino Unido empiezan a admitirlo en voz alta: el paso del tiempo no convierte una ocupación por la fuerza en un título legítimo.
Como abogado, sé que los derechos no prescriben por cansancio del reclamante. Como argentino, sé que Malvinas es la única causa que atraviesa todos los gobiernos, todas las ideologías y todas las generaciones. Está en la Disposición Transitoria Primera de nuestra Constitución Nacional: la recuperación del ejercicio pleno de la soberanía, respetando el modo de vida de sus habitantes y conforme al derecho internacional, es un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino.
Permanente e irrenunciable, pero también pacífico y conforme a derecho. Ese es nuestro camino: diplomacia, paciencia estratégica y coherencia. Cada resolución de la ONU, cada pronunciamiento regional, cada columna como la de Jenkins que le recuerda al lector británico su propia historia, es un ladrillo más en una construcción que lleva décadas.
A los veteranos y a los caídos de 1982 los honramos mejor sosteniendo el reclamo con la seriedad que merece: no como consigna de una fecha, sino como convicción jurídica permanente. La memoria no es un acto de nostalgia; es la base de un derecho que no vamos a resignar.
Por eso, cuando una voz británica reconoce lo que Londres calla, no lo celebro como un triunfo deportivo. Lo registro como lo que es: una grieta más en un relato insostenible. El derecho está de nuestro lado, el tiempo también, y la historia —incluso la que escriben ellos— empieza a darnos la razón.
Las Malvinas fueron, son y serán argentinas. Los jugadores hicieron lo suyo con una bandera. A quienes tenemos algo que decir sobre el derecho y la memoria nos toca hacer lo nuestro: decirlo con firmeza y sin estridencias, todas las veces que haga falta.
Dr. Javier Hernán Silva
Abogado y Escribano